Agustín ha vuelto a rememorar conmigo su detención y el interrogatorio que le hicieron los jóvenes instructores de Villa Marista bajo la máscara de los policías políticos “buenos”, “dispuestos al diálogo”, “en desacuerdo con los altos oficiales”, “desconocedores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos”. Agustín es un hombre de Dios. Sus tesoros son la tierra y el mar. Ahora que nos hemos enamorado lo comprendo mejor y vivo fascinada en su luz. Me gusta verlo andar descalzo por la tierra, hacerme cuentos de guajiros. Él solo ansía un barco para volver a navegar sin importarle de quién sea la propiedad, abandonarse al vaivén de las olas.
Aunque no sé cuál sea la actitud más apropiada a la circunstancia de ser conducido por la fuerza a representar un dialogo sin terceros, sin testigos, con los que sabemos no son adversarios ni dignos ni honorables, mi amor ha conseguido que le admire una vez más cuando me ha dicho que no le preocupa haber sido grabado y editado después, ni si fue allí conducido por la fuerza. Cegato como el mulo, que solo ve en sus ojos al haz del abismo, Agustín ha tratado a sus captores con la dignidad de un cristiano que quiere seguir reconociendo a Cristo en todas las cosas. Me ha hecho recordar un texto de Lezama que a mí me gusta mucho. Y que me ha hecho pensar que puede ser una especie de “envidia de la gracia fraterna” -además del temor que tienen a que les descubramos a todos el engaño- lo que hace a los tiranos y a sus sicarios perseguirnos inútilmente, porque hemos de escapar y al final, si ha llegado la hora que solo Dios conoce, vencerlos. Me permito transcribir un pedacito. Espero que en vez de cansar a mis lectores, les guste. “Tratados en la Habana”.
La noche 78
“El hombre envidia al hombre, su vecino. Lo mismo si es un derviche, que lo ha renunciado todo, como si casado con la hija hechizada del califa, puede saborear el mandato de cada jornada y la espirituosa voluptuosidad de cada luna en su plato de cobre. Si el envidiado huye, pasmo de delicadeza que espera provocar una resonancia en el envidioso inflexible, lo irrita hasta el San Vito y el desfallecimiento, pues intuye maligno que en esa huida el envidiado calza atracciones sobrehumanas y que si le cede el campo, al fin, el envidiado suma torres y osos a su escudo. Pues el envidioso planifica con zorruna visibilidad; mañoso, enreda cordeles y voluntad, para recibir en la misma linealidad del esfuerzo. Ve su conducta y desespera de que nadie caiga incauto en sus entretelas. Dice: “yo soy bueno – como si la bondad bailase en un espejo- y sin embargo, mi espalda se acuña de bastonazos y sinsabores”. Al decirlo, ve ese yo soy bueno saltando por la sillería, anudándose frente a la lámina. Si percibe, y su malignidad le abre puertas cuando la sabiduría le obtura las sucesivas sorpresas, que su vecino está cuidado por algo que él desconoce, por un poder que rebasa la vanidosa confianza de sus combinaciones, cae en acechos que lo extenúan; en trampas, que al fatigarlo, muestran que el misterio del hombre no circula ya por sus canales sanguinosos.
El envidioso desconfía de que será hallado, no puede alcanzar la suspensión de su conducta, quiere provocar la sorpresa. Su sequedad consiste en desconfiar de que es el habitáculo del milagro. Quiere mezclar su voluntad con la incomprensible protección de la divinidad. Carece de resonancia para él que solo en la obediencia hay misterio, rebeldía y creación. Percibe en la covacha de Dostoievski o en la lejanía que tuvo que habitar Martí, castigos, divinidades hostiles. “Cuando me siento más débil, dice san Pablo, es que soy fuerte”. Pues esos seres débiles, en la dimensión más esencial, están maravillosamente protegidos.”



Se tienen uno al otro y eso es lo mejor.
Gracias Lilianne, muy bello tu post , aquella es una isla bendecida, un lugar especial sin comparacion posible
saludos