
Yo he sido muchas Lili, todas soy yo, una de esas Lili quiso escapar de un encierro al que me condenó mi madre a los 22 en el Hospital Fajardo, super deprimida después de un aborto, y drogada por un tal doctor Justo en contra de mi voluntad, salté sin saber que lo hacía desde un piso tercero. No se me quebró ni un hueso pero sobreviví a una larga operación quirúrgica. Desde entonces lo de loca no me sienta mal. Pero en los países regidos por una ideología que exige alinearse, uniformarse, cualquier manifestación de sensibilidad, cualquier reacción humana ante tanto orden inhumano, puede ser considerada locura. No lo digo yo, lo han estudiado mucha gente en el mundo más inteligente que yo, o mejor informada. Pero yo lo he padecido, sé de lo que se trata, y la madurez de los 30 años me ha regalado que me guste más ser como soy que haber sido igual al resto. En mí se mueven manantiales secretos en los que cada día creo más.
Regresando a la cronología: lo que hacía antes de escribir mi blog: Ridiculeces más, ridiculeces menos, pasaron 7 años. Alguna vez amé a René, el papá de mi hija, en aquellas noches en que hacíamos el amor en la orilla de la playa con la ilusión de estar enamorados y el temor de que nos llevaran la ropa, una hora después de haber visto extasiados las grúas del Puerto de la Habana que parecían dinosaurios moviendo los contenedores, sentados en el capot de un BMW dorado mate que me seguía por toda la Habana Vieja una noche divertidísima en la distancia. Ser madre sí que me cambió la vida: quiero todo y lo quiero sobre todo para ella: Olivia Mariana, más que mi propia alma. El primer nombre por los olivos y las aceitunas, y los bálsamos, y el segundo nombre por María la Virgen madre de Dios. En el año 2008 antes del paso del ciclón Ike mi padre moría en Santovenia, una Institución donde las monjas cuidan de los ancianos, y que conseguí milagrosamente pidiéndole a la Virgen de Guadalupe y a la madre priora de allí que me ayudaran a mejorar la situación de mi padre. Empecé a vivir sola y a hacerme cargo de todo, viviendo siempre al acecho del milagro y de la comprobación. He mudado la piel tantas veces sin dejar de ser yo, disfrazándome, traduciéndome y por eso mismo traicionándome, probándome, perdiéndome y encontrándome, mi hija siempre para salvarme y Dios en mi corazón, siempre esperándome de vuelta, pintando la próxima escena de mi vida, poniéndome un acertijo para encontrarlo. Mi amigo Macho que quiero mucho y que ha resultado ser el árbol más viejo de mi vida, el que me ha resistido siempre, dice que yo colecciono situaciones insólitas. Hace tres años mi amiga Jean me envió aquel japonés que quería alquilarse en la segunda habitación de mi casa. Le ofrecí un precio irrisorio dada la desesperación que tenía por comprar comida. Como me gusta respetar la ley le dije a mi futuro inquilino que iríamos al día siguiente a Inmigración para solicitar el permiso. El me pidió mudar sus cosas: consistían en dos shorts, algunas camisas, dos sacos de leche de soya, y su computadora. Nos negaron el permiso, a pesar de que fingimos ser una pareja de enamorados, para sorpresa del funcionario que nos atendió porque aquel japonés era muy gay. De regreso me pasó algo inaudito. Yo lo sentía más que él, necesitaba el dinero del alquiler para comprar comida, pero la multa por dejarlo pasar la noche sin permiso de inmigración sería de 1500 c.u.c., y ya estaban avisados. Fue una noche memorable, porque cuando le pedí amablemente que recogiera sus cosas, ya que todavía no habíamos cerrado el negocio ni hubo dinero por adelantado él no tenía nada que perder pero yo sí, me dio un empujón en el pecho y me dijo en español con acento “manga”: “estanocheno”. Tuve que llamar a unos vecinos para que me ayudaran a convencerlo: llamaron a la policía, que envió a un oficial parecido al “cabo pantera”, quien le dijo al japonés con el acento oriental de los policías: “que tú tiene ahí, primo?” señalándole un objeto en particular que estaba ya guardando en su maleta, y para mi sorpresa y espanto resulto ser una “katana” (esas espadas curvas de los samurái pero ésta era del tamaño de un cuchillo de cocina), envuelta en un pañuelo de seda. Esa imagen del japonés desenvolviendo en cámara lenta la espada envuelta en seda forma parte de la novela de mi vida.
Al año siguiente conocí a un hombre con el que tuve una intensa relación amorosa, más joven que yo, cocinero de profesión, que además de ser un prosopopeyico amante, preparaba las más exóticas comidas que yo haya probado y me dejaba descansar de mis angustias por la sobrevivencia. Yo no me extrañaba que tuviera siempre a mano unos condones marca “troyanos” que no se venden en Cuba. Una tarde descubrí que para mantener la casa se vendía a los extranjeros varones en el Parque Central. Le agradecí por los “Troyanos” que son condones muy seguros, mientras lo echaba de mi casa sin compasión.
Y el año pasado tuve la intención de probar suerte vendiendo productos en el mercado negro, no eran comestibles, podía ser pasta dental Colgate, calzoncillos, “calentitos”, blusas, camisas. Llegué a estar delante del exitoso mercader, dueño de aquel negocio que salva a los cubanos y cubanas de los exorbitantes precios de la ropa en la tienda estatal de peor gusto que aquella, que tengo entendido venía desde Ecuador. Yo no debo haberle parecido muy hábil con las ventas porque de lo único que logré que conversara conmigo era de su insistencia a invitarme a tomar cerveza pero a mí ni me gustan esos tipos ni me gusta la cerveza. Me fui sin mercaderías que vender y ya no me imaginaba saliendo a la calle con un maletín de ropa y jabón Palmolive, parada en el portal de “Ultra”, como hacen las otras vendedoras que hasta venden moños postizos. Cuando lo pensé mejor me di cuenta de que había tenido suerte de que no me hubiera dado a vender nada, esos tipos son peligrosos pero además en ese momento la venta de ropa “por fuera” era ilegal, y hubiera sido ridículo buscarme un problema con la ley por algo en lo que no creía, por lo que no tendría sentido llegar hasta el final, responsabilizarse.
Entonces me puse a pensar en las ganas que tenía de conocer a Laura Pollán, de ir a Santa Rita y darle la mano y un beso a las Damas de Blanco, y que por eso sí estaba dispuesta a arriesgarme porque en eso si creía. No llegué a ir. Cuando conocí la casa de Laura ya ella no estaba en este mundo, pues se estaban velando sus cenizas. Y de todo lo que sentí y pensé allí escribí el primer post, y bauticé mi blog, y desde entonces me siento como la persona que soy. Esta terrible situación ya no me puede aplastar sin recibir mi respuesta, mis puñetazos. Sí puedo hacerme responsable de expresarme en mi blog. Puedo desafiar al gobierno que condena a la gente al robo, a la prostitución, a soluciones perjudiciales que condenan su devenir para toda la vida, porque la Ley del Amor, que gobierna el Universo a pesar de la maldad y de los dictadores, me resguarda. También me ha regalado nuevos amigos, hoy ha venido Agustín del blog Dekaisone que se enteró de que no teníamos comida y nos trajo frijoles, algo de carne, macarrones, para una semana. Tener un blog no da dinero pero te regala una red de amigos. Reconocerse en el alma de otra persona no te deja caer. Viviendo en esta misma ciudad, mirando esta misma vista, que durante aquellos años sin electricidad, sin comida, sin zapatos, sin entender nada, con 17 años, más rebelde que nunca, me hizo encontrar como alternativa ante el ataque sostenido de la aplanadora ideológica, la necesidad urgente de encontrar a Dios en mi corazón. Y sí que Dios me nombró, solo para mí, para que nunca lo olvidara. Con ese secreto que se puede compartir aspiro a unir mis esfuerzos a los de muchísimas personas que trabajan por la paz y la libertad de Cuba.
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